Por: Mariley García Quintana

Es una mujer como otra cualquiera, de sonrisa cariñosa y andar ligero e intranquilo a pesar de sus años. El que no la conoce solo ve a una anciana común, cansada por el indetenible paso del tiempo, que ha dejado huellas más que en su cuerpo, en su alma. ¿Quién imaginaría que esconde dentro de sí tanta historia?

Ernestina Mirtha Mazón Crespo, para todos sencillamente: Ernestina. Cursó estudios de Enfermería (1950-1953) e integró la primera graduación de esta carrera en la antigua provincia de Las Villas. Combatiente de la clandestinidad en la ciudad de Santa Clara, enfermera de la columna número 8 “Ciro Redondo” al mando del Che durante la lucha en el Escambray, me recibe en su casa para descifrar secretos a veces olvidados de su vida, que inevitablemente la unen con la historia de la tierra que la vio nacer y la de toda Cuba.

Usted es una enfermera de estudios ¿cómo definiría a Ernestina, enfermera de estudios o enfermera guerrillera?

Como las dos cosas, pero más guerrillera. Los años de estudio fueron muy útiles pues tuve excelentes profesores, pero lo que aprendí en medio de los combates marcó mi vida. No hay nada más grande que ver a un compañero herido, ayudarlo y después poder decir que tú le salvaste la vida o nada más duro que verlo morir sin poder hacer algo más por él.

¿Cómo recuerda aquellos días de lucha revolucionaria?

Días tristes, pero también alegres. Días en los cuales festejabas por haber logrado capturar y esconder en un lugar seguro las armas y municiones del grupo o días en los que llorabas la muerte de un compañero cercano, asesinado en el cumplimiento de alguna misión, entonces maldecías y te culpabas, pero al final seguías adelante. En ese ir y venir pasaban nuestras vidas y mis mejores años.

Cuénteme una anécdota de esos tiempos de combatiente…

Hay tantos recuerdos en mi mente, algunos bastante confusos por el paso del tiempo, pero jamás olvidaré la prueba más grande que me impuso el destino como profesional: hacer un parto en medio del lomerío. La embarazada, una joven hija de una familia campesina que vivía en la zona, asustada por los aviones enemigos se había ocultado en una cueva de las montañas donde los guerrilleros la encontraron. La trasladamos a nuestro campamento, en el cual el Che puso a su disposición los escasos recursos médicos que teníamos. Todo salió muy bien y la madre del recién nacido bautizó Ernesto al pequeño, en agradecimiento a mi ayuda y porque era el nombre del Che. Fue el primer niño nacido en ese territorio liberado por el Ejército Rebelde.

En los últimos días de la guerra que se corresponden con la Batalla de Santa Clara, ¿dónde prestó sus servicios como enfermera?

Como enfermera y como revolucionaria, por sobre todas las cosas. Durante aquellos días ya yo estaba en las lomas del Escambray junto a un grupo de compañeros de distintos municipios del territorio. De ese grupo también era Aleida. La jefatura de acción y sabotaje de la ciudad nos pidió permanecer allí porque la policía aumentó la búsqueda en el llano. Luego nos unimos a la columna del Che, quien me asignó la tarea de quedarme en el campamento de Gavilanes, cuidando a los heridos más graves, por mi experiencia en esa labor, entre ellos Silva, un compañero muy querido por él, por eso no bajé con ellos a la Batalla de Santa Clara, estaba cumpliendo órdenes del Che.

Usted y Aleida March son amigas hace muchos años, ¿cómo se conocieron?

Precisamente en ese ajetreo de la clandestinidad. Aleida es santaclareña como yo y de muy joven también se unió a las células de lucha en las ciudades, luego las dos tuvimos que subir para las montañas porque peligraba nuestra vida, ella subió unos meses antes que yo. Así nos conocimos hace más de 50 años. Es, más que una amiga, una hermana para mí. Juntas vivimos momentos felices: la entrada de Fidel a La Habana y el Primer Congreso Latinoamericano de Mujeres en Santiago de Chile en noviembre de 1959, el nacimiento de sus hijos y otros tan tristes como la muerte del Che. Hemos tratado siempre de estar allí cuando la otra nos necesita.

Usted sigue en contacto permanente con Aleida y sus hijos, uno de ellos vivió aquí un tiempo…

Ernestina observa las fotos de la familia Guevara March que adornan la sala de su casa junto a otras de cuando Aleida, el Che y ella lucharon en El Escambray, entonces señala a una de las jóvenes de un portarretratos y responde.

Sí, Celia, la tercera de los hijos de Aleida y el Che. Ella vivió algunos años aquí conmigo, porque al graduarse de médico veterinario hizo su servicio social en Manicaragua. Ahora es especialista en delfines y leones marinos en el Acuario Nacional. Ella y sus hermanos son los hijos que la vida nunca me regaló.

¿Cómo y cuándo usted conoció al Comandante Guevara?

Desde que llegué al Escambray quería conocerlo, pero para eso pasaron varios días. El Che y su tropa combatían entonces en las últimas ciudades que quedaban en manos del enemigo. Yo estaba impaciente y cada vez que subía algún pelotón preguntaba si él venía con ellos. Vicente la O y Serafín Ruíz de Zárate, médicos de la columna, que estaban conmigo en el hospital de campaña, reían de mi impaciencia y me informaban que no estaba en ese grupo. Después de la toma de Güinía de Miranda, en diciembre de 1958, la columna subió al campamento a preparar el nuevo combate, entonces el Che va al hospital y Vicente me lo presenta y le dice que yo era una enfermera que llevaba muchos días esperando para conocerlo. Nunca olvidaré ese momento. El Che caminó hacia la cama donde yo estaba curando un herido, entonces me levanté de un salto, él extendió la mano para saludarme y me dijo: ¡Qué delgadita es!

Fue una mujer muy afortunada al haber trabajado bajo las órdenes del Guerrillero Heroico ¿qué es lo que más recuerda de él?

Una sonrisa nostálgica ilumina los labios de la anciana y los recuerdos del jefe, del guerrillero y del amigo asoman a su rostro.

¡Imagínate! De una persona tan singular se recuerda mucho. Un hombre de un carácter muy enérgico, muy exigente, porque al que más le exigía era a él mismo. Solidario y atento con todos los compañeros, de gran inteligencia militar, gran facilidad de palabras, sincero, pero lo que más me llamó la atención de él fue su respeto hacia los prisioneros. En el campamento teníamos 17 prisioneros de guerra y su orden era atenderlos médicamente si lo necesitaban, brindarles los mejores alimentos de la tropa y sobre todo respetarlos, no maltratarlos ni física ni verbalmente, eso nunca lo toleró.

Octubre de 1967 fue un mes gris para los cubanos y latinoamericanos ¿qué sintió al recibir la noticia de la muerte del Che?

Toma en sus manos una estatuilla de bronce con la figura del Che que tiene sobre una vitrina donde le pone flores y velas, comienza a hablar. Con lágrimas en los ojos y la voz convertida en un susurro, Ernestina trae al presente recuerdos inolvidables de un tema considerado prohibido y que a más de 40 años sigue ahí como el primer día.

No podría explicarte lo inexplicable. No hay palabras que describan lo que sentí, lo que sentimos todos y principalmente los que tuvimos la oportunidad de conocerlo y luchar con él. La pérdida de una persona querida siempre es dolorosa, más aun si sabemos las condiciones terribles en que sucedieron los hechos. Murió porque lo asesinaron en desventaja de condiciones, pues nunca hubieran podido matarlo cara a cara en un combate. Lo que sentí fue simplemente terrible. Mi consuelo es que ellos solo lo desaparecieron físicamente, porque está vivo en todos los que creen en él. Me emociona ver que muchas personas, sobre todo los jóvenes, lo ven como un símbolo, incluso como un santo. A pesar de que el mundo cambia todos los días, su figura recurre constantemente al presente, porque inspira respeto e inmortalidad, por eso él sigue ahí: porque su luz es eterna.

¿Ernestina se considera la misma de hace más de 50 años o la ha cambiado en algo la tranquilidad del hogar?

Bueno, los años no pasan por gusto, ya cumplí 85, sigo con el mismo espíritu y la intranquilidad de siempre, pero debo cuidarme porque hay cosas que ya el tiempo no me permite hacer aunque yo quiera. Trato de ser la misma Ernestina que algunos conocieron, conversadora y dicharachera, así me siento joven de nuevo.

En su sillón favorito, como Ernestina lo llama, con su regazo cubierto de fotos y la mente inundada de recuerdos, ella me dice adiós y en esos ojos brillan la nostalgia, la alegría y la tristeza de tiempos vividos. Su delgada figura es una muestra del pasado y su esperanza, el presente y el futuro de una enfermera-guerrillera, que nos permitió sacar a la luz tanta historia escondida.

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