Por Sofía Hernández García

Con la popularidad creciente de las nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC), el término centrismo político o tercera vía, para referirse a la situación política de nuestra isla, hace trending topic en la red de redes y podría pensarse que es un recién nacido de este mundo digital.

Nada más alejado de la verdad. Este fenómeno viene avanzando dentro de la historia cubana desde el siglo XIX, solo que ha sido “disfrazado” detrás de diferentes ideologías por el bien de alguna clase o interés.

Y es que su esencia verdadera constituye siempre su oblicuidad o poder de disimularse, de ocultarse, de practicar la hipocresía política que le ha permitido a través de los años confundirse y a la vez defenderse de futuras acusaciones, gracias a declararse supuestamente alejado de toda corriente idealista pura, dígase Capitalismo o Socialismo.

Sin embargo, su propio doble discurso es el arma que condena al centrismo, aquel que desmiente su postura geométrica como punto medio entre tendencias diametralmente opuestas.

Es muy común encontrar en el alegato centrista sobre Cuba una idea típica: que es una “vía alternativa” a las directrices existentes en la nación.

Pero detrás de esas palabras se esconden miles de preguntas que hacen tambalear su montaje de defensora de los ideales de la mayoría, por ejemplo: por qué al ser una “vía alternativa” tiene que defender de manera encubierta intereses extranjeros y responder a personajes totalmente ajenos a nuestra realidad, por qué los “centristas cubanos” tienen que recibir  “donaciones del exterior” para sostener su lucha a favor del cambio político en la Mayor de las Antillas.

Desde su mezcla con el Autonomismo y el Anexionismo en pleno siglo XIX, pasando por diferentes posturas planteadas por los EE.UU durante los últimos meses de 1958, hasta los ataques biológicos, mercenarios y diplomáticos después de 1959, el centrismo ha sido siempre un elemento latente, aquel “personaje” capaz de infiltrarse y trabajar cobijado por la sombra del gobierno norteño de turno.

Simplemente nunca había poseído una plataforma tan ideal para transmitir su doble intencionalidad  a cualquier persona, conocedora o no del tema como ahora, cuando internet llega a casi todo el mundo, cuando con solo un click cada uno de nosotros puede mostrarse a favor o en contra de un fenómeno cuya permanente existencia cambia de forma, de tono, de maneras de comunicar, pero cuyo objetivo siempre será el mismo: derrotar aquello que consideran una “dictadura”.

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