Buenos Aires es una ciudad populosa con ínfulas de capital europea. Y lo fuera si no estuviera ubicada a un costado del Río de la Plata, al sur de América o el contraste de las villas míseras que le rodean no dejara de sacarle diariamente los colores a la cara.

En una de ellas, en Fiorito, nació el 30 de octubre de 1960 Diego Armando Maradona. Primero le dirían Dieguito, después le dirían Dios.

Por eso cuando Dios se enteró, humanizado él, en medio de la Copa Davis de Tenis que se le había muerto un padre, bajó de esa especie de Olimpo y dio la cara a las cámaras. Maradona no sabía como decirlo, pero tenía que decirlo.

Maradona con Fidel, en La HabanaDicen los allí presentes que el Diego que habló aquella tarde no era el mismo que en la jornada anterior había disfrutado de la victoria del equipo argentino.

«Me llamaron de Buenos Aires y fue algo muy chocante. Me agarró un llanto terrible, porque Fidel fue como mi segundo padre. Después de las muertes de Tota (su madre) y mi viejo, es el dolor más grande que tengo, de verdad. Yo viví cuatro años en Cuba y Fidel me llamaba a las dos de la mañana para hablar de política o de deporte, o de lo que se diera en el mundo, y yo estaba dispuesto para hablar. Este es le recuerdo más lindo que me queda”, dijo Dios desde el Palco 107 de la Arena Zagreb.

Fue Matías Morla, su abogado, el encargado de notificarle el acontecimiento. El embajador cubano en Argentina le había telefoneado sobre la mala noticia. Dice Maradona que lo primero que se le cruzó por la cabeza fueron esos madrugones donde ambos se bebían un mojito y hablaban de los americanos. «Yo le dije un día que tenía una foto de Clinton (William) en una tapa del inodoro. Y me dijo “Quédate tranquilo que el que viene es peor”. Era Bush. Yo lo tenía en la tapa del inodoro porque me divertía».

«Lo fui a ver hace tres años y me dejó una frase. Cuando entro al salón, se para y me dice: “¿Te vienes a despedir, no?”. Me dijo eso. Que te diga Fidel Castro si lo iba a despedir. “No, maestro”, le dije. Me largué a llorar porque quizás tenía más razón él que yo».

Y fue así. Pero Maradona ha prometido volver.

«Quiero estar con Raúl, quiero estar con los hijos, quiero estar con el pueblo cubano que me dio tanto. Y despedir a Fidel, a mi amigo, al lado. Y poder decirle toda la gratitud que tendré toda la vida. Él me habló muchísimo de la droga, me habló muchísimo de recuperaciones, me habló de que podía y pude».

El campeón del Mundo, en México 86, tiene un tatuaje de Fidel en su zurda prodigiosa.

«Cuando se lo enseñé me dijo “¿Qué hiciste, loco? Pero yo estoy mejor que el del tatuaje”. Le digo “Sí, lo que pasa que el tatuador es bueno, pero tampoco lo va a hacer igual”. Fidel me abrió las puertas de Cuba cuando en Argentina había clínicas que me la cerraban, no querían la muerte de Maradona. Me las abrió de corazón, estuvo conmigo permanentemente y por eso mi agradecimiento. El número uno de los revolucionarios fue el Che, con Fidel a la cabeza. Yo vengo en el pelotón de atrás. Lo llevo tatuado en la piel y en el corazón».

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