Ranchuelo volvió a ser el pueblo villaclareño que  recibió a Fidel dos veces, en el centro sur de la Isla. Pero acostumbrados a que la victoria marche de oriente a occidente, este viaje a la inversa tenía una connotación inusual.

Bajo el sol de las tres, el 30 de noviembre, cerca de la entrada del municipio, ya había personas ocupando puestos a ambos lados de la Carretera Central. Y se hizo tarde en la tarde, y continuaba la espera. Las aceras se fueron poblando de personas y banderas…

Un niño, junto a su mamá, me enseñaba en mi agenda cómo la noche antes había firmado el juramento con la Patria: «Aníbal» ―escribió―, así simplemente, con trazo firme a pesar de sus 8 años.

«Sí, nosotros fuimos la familia; yo con mis tres hijos: el varón de 13 años, y mi hija, de 21, que vive en Varadero, pero vino a firmar aquí», contó Yudith Águila López.

Por una causa se habían movilizado miles de ranchueleros: rendirle el tributo con su solemne presencia al Comandante en Jefe. Porque, según Bárbara Carrero Abreu, «¿Fidel?; es una sola palabra: todo». La laboratorista jubilada en el central 10 de Octubre estuvo entre las primeras en llegar.

Ahí permanecía cuando una interrogante comenzó a marcar los minutos de la prologada espera: «¿Por dónde viene?» Siempre alguien tenía la respuesta: Cascajal, Santo Domingo, Manacas, Esperanza…

Ranchueleros esperan cortejo fúnebre de Fidel.
Bárbara (al centro), junto a otros vecinos del central azucarero 10 de Octubre, se trasladaron hasta la cabecera municipal. (Foto: Rayma Elena)

Después, entre el oscuro entorno amarillento proyectado por el escaso alumbrado público, ya casi no era posible distinguir a la anciana que hacía horas andaba con sus flores y una banderita cubana.

«Yo trabajaba en el hotel Tropical Astoria, en Varadero ―había contado― y Fidel un día pasó por allá. No querían que yo me acercara a saludarlo, pero él dijo: “Déjenla”, y lo pude abrazar. Yo sí tuve ese privilegio».

Eugenia, anciana ranchuelera.
Eugenia llegó temprano, y aun el cansancio, esperó la noche, para recibir a Fidel. (Foto: Rayma Elena)

Eugenia Miguelina Ramos Cobos es su nombre. Antes de trabajadora del Turismo fue diez años torcedora de tabaco, y con 72 años cumplidos, ejerce como barbera. «Con dos o tres peladitos al día me basta, no quiero más, con eso y con la chequera que me paga Fidel, yo tengo». Así afirma la anciana, en una conversación en la que mezcla las historias de la lucha propias y la de su familia, la pérdida de seres queridos, y hasta el lamento por no haber conseguido tela blanca, negra y roja para hacerse una bandera del 26 de Julio.

Me había enseñado sus manos, cuando todavía el sol era suficiente para descubrir las manchas de pintura en los dedos. «Es que a esta edad que tengo, pues me dieron un subsidio y estoy arreglando la casa. Eso solo pasa aquí, por la Revolución de Fidel ―comentó―, y lloró».

Ya estaban marchitándose las flores de Eugenia, y la espera se cargaba de impaciencia y de voces. Una de ellas, salida del sitio donde se reunían los transportistas, opinaba que hacía falta que todos los que estaban ahí se aprendieran bien y aplicaran el concepto de Revolución de Fidel.

Cortejo fúnebre con cenizas de Fidel en recorrido por ranchuelo.

Lo escuché mientras la tarde se hacía noche temprana. Solo al filo de las 8, la expectativa se transformó en silencio, y luego, en seguidos y unísonos coros de «¡Fidel!», «¡Yo soy Fidel», «¡Viva Fidel!». Así recibían al hombre que en el entierro de dos  hijos de ese municipio: Ángel Tomás Rodríguez Valdés y Wilfredo Pérez Pérez ―copiloto y piloto del avión de Cubana de Aviación saboteado en Barbados―, pronunció una de sus más vibrantes frases: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla».«¡Fidel!, ¡Fidel!». Coreaban este 30 de noviembre los ranchueleros al líder que muchos catalogan «el padre de todos los cubanos». También así se denominó el niño Aníbal al Comandante a quien, solo por fotos, conoció de verde olivo.

Segundo paso de cortejo fúnebre de Fidel por Ranchuelo.
A las 11:45 Ranchuelo recibió el cortejo fúnebre, mientras coreaban: «¡Yo soy Fidel!». (Foto: Manuel de Feria García)

Había pasado el cortejo fúnebre, y las filas se dispersaban: unos hacia la casa, y otros hacia algún punto de venta de merienda… Pero sí, volverían, para ser hileras compactas a ambos lados de la Carretera Central, a pesar de que la noche casi se trocaba en madrugada cuando se produjo el regreso desde Cienfuegos.

Ya no debió estar Eugenia ni aquellos ancianos que se disculpaban una y otra vez porque sus piernas no les permitían quedarse. Pero en su lugar, había voces jóvenes de estudiantes, en un coro reiterado: «¡Fidel, Fidel!», al que le siguió: «¡Yo soy Fidel, ¡Yo soy Fidel…!»

Por 15 minutos todavía se vivía el último día de noviembre de 2016. Una jornada larga para las mujeres, hombres, jóvenes y niños que acompañaron al Comandante en Jefe. Y aunque este viaje a la inversa de la ruta de la victoria tenía una connotación diferente, Ranchuelo solo parecía decirle un «hasta luego», para, por siempre, volver a recibirlo dos veces.

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