Van combatientes de todas las batallas, crisis, guerras y misiones. Desde Argelia hasta el Congo, Angola y Etiopía. Girón, Lucha contra Bandidos, Limpia del Escambray y —por supuesto—, la invasión a Las Villas, soldados eternos de Camilo y Guevara. ¿Recuerdan? Yaguajay, Zulueta, Remedios, Placetas, Santa Clara…

No viento, no bullicio. Mucho sol y brisa leve, cielo suave, nubes altas, níveas.

Van pioneros. Algunos apenas levantan un metro desde el suelo. Cabecitas peinadas, entrenzadas, zapatillas brillantes, blusas y camisas blancas, azules y rojas pañoletas. También estudiantes de secundaria y de preuniversitario. Rostros serios y graves, sonrisas sosegadas. ¿Cuántas escuelas? Por ser temprano, las más cercanas al centro. (Sucede parecido en las cabeceras municipales).

Y no lentos ni mortecinos. Quizás, especie de caminata marcial porque van a encontrarse con la aurora. Van. Entre ellos:

Juan Pérez Pérez, «El mexicanito» en la Sierra, teniente coronel retirado, negro, mediano de estura. (Me dice que recuerda el Tren Blindado); Fernando Duany Reyes, mayor de la reserva, mulato de 50 años. (África tres veces, «cuidador» de Fidel en Sancti Spíritus, 1996), y Félix Hernández Ruiz, soldado mensajero del Che, artillero antitanque en Cuanavale. (Las órdenes la daba Fidel, por radio. «Se oía clarito, clarito»).

Llevan flores que dejan a la entrada. Rosas, gladiolos, azucenas, nardos, girasoles, dalias, mariposas. A derecha e izquierda dos formidables «Fideles» los escoltan, dos enormes banderas les indican. ¡Al Combate corred…! Triángulo rojo, estrella solitaria. Una franja roja, otra franja negra. ¡Adelante, cubanos…!

Las dos filas avanzan donde el Jefe de siempre, y son uno, indivisible, más allá de la edad.

Entonces lo menos imaginable del homenaje en la Sala Caturla de la biblioteca Martí. No polvo, no cenizas. Silencio sepulcral —como se dice—. El mismo de cuando el Che, y Tania, y demás guerrilleros de Bolivia. Solo que el de ahora nos sorprende, aunque bien sabemos que la historia los ha juntado para siempre.

No hay reposo. Ni siquiera bruma, ni llovizna —garúa se dice en Argentina— para pretextar que temblamos por el frío. La mañana es agradable este noviembre 28 de 2016. Lunes digno, puro, bello. Paisaje singular en redondel, increíble perspectiva circular del tiempo.

Parque Vidal, palmas, framboyanes, glorieta, Marta Abreu en estatua, pajarillos negros que volaron al monte ya hace rato. Canciones de Puebla, Silvio, Amaury, Pablito. Poemas. De Carilda, Naborí, del propio Che.

Santa Clara se siente con regocijo de valle, y como nunca dispersa melodioso suspiros de sabana.

Es el onceno mes del año. Nos anuncian la visita del Comandante en Jefe. Vendrá el miércoles, de paso hacia el Oriente, a encontrarse con su hermano, a echar los versos del alma definitivamente en Santiago.

Fidel aún no ha llegado. Apenas dos mínimos días de tributo. El pueblo va a su encuentro, en reversa de aquel místico y primigenio 6 de enero triunfante.

¡Marchemos con Fidel!, se dice.

¡Hasta la Victoria siempre!, se canta.

 

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