Fidel Castro. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Por Marcos Torres / Las torres de Marcos.

(Éste dolor es indescriptible. Casi no me deja hilvanar una idea completa.)

De niño tuve que enfrentarme a la pérdida de familiares queridos, en fases terminales de su enfermedad e invariablemente mis padres y demás personas mayores me decían que esa era “la ley de la vida” donde por lógica simple y llana, la muerte sobrevenía primero a los ancianos.

Esta explicación hoy, precisamente hoy, me parece absurda, cruel, irrelevante.

Y es que cuando se habla de un gigante de la magnitud de nuestro querido Comandante todo es, naturalmente, pequeño.

Autor de la Revolución (hasta la última coma), es el responsable de nuestros sueños, que eran los suyos y que, otrora, también fueran los sueños de los que ofrendaron su vida en pos de un futuro mejor para todos los cubanos.

Dicen también que “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” y creo que en este caso la muerte no es ni tan siquiera “palabra” en su sentido estricto, porque en esta Revolución todo (sin temor a equivocarme o ser tildado de extremista)… todo en Cuba tiene el nombre de Fidel grabado para siempre, trascendiendo lo físico, trascendiendo lo humano,… trascendiéndonos.

Se lo debemos todo, pero más le debemos el compromiso de seguir avanzando con su antorcha en alto y las banderas de la Revolución y del Socialismo por delante, ahora más que nunca.

Le debemos a Fidel, más sinceridad, más honestidad, más valentía política, más “hablar menos y hacer más”, más impaciencia,… más militancia que es, al final, más Revolución.

Y en este final (doloroso), podemos decir que “La Historia” no sólo te absolvió, Fidel, sino que también te reverencia.

 

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