Las llamadas de noche me asustan, nunca son portadoras de buenas noticias. Fidel ha muerto, me decían del otro lado del teléfono. No podía creerlo.

Necesité unos minutos para tomar aire y aceptar la realidad: una dura realidad.

Dicen que los hombres grandes no se van nunca. Es cierto. Fidel renace en la Sierra, en cada palmo de esta isla: Cuba

El país amanecerá hoy con un nudo en la garganta. Con sentimientos agolpados en el pecho. No es fácil decirle adiós a un ser tan grande, tan hondo, tan nuestro.

Todavía lo recuerdo con su traje verde, caminando por el malecón habanero, o a la caza de cualquier ciclón que tocara tierras cubanas.

Al final, nunca pude conocerlo. De niña me imaginaba un encuentro con él. Fantaseaba con contarle las cosas de mi escuela. Será porque mi padre me enseñó a quererlo como se quiere a la gente buena, a los imprescindibles.

Cuba amanece más triste que nunca. La bandera, a media asta.

Dicen que los hombres grandes no se van nunca. Es cierto. Fidel no muere. Fidel se multiplica.

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