Por aquello de «lo que no nos mata, nos hace más fuertes».

    El Villaclareño

A mi amigo Lázaro no le gusta hablar del bloqueo. Lleva tantos años escuchando, leyendo, viendo historias y cifras, que por momentos le parecen un chiste autocompasivo. Y no porque desconozca los daños reales. Ya lo dijo: es muuuuucho tiempo familiarizado con los efectos de la «política genocida»,  la «extraterritorialidad», las «restricciones financieras»…

Pero Lázaro lleva también mucho tiempo sabiendo de las hazañas de los cubanos, o de su suerte, y de su astucia para arreglárselas y sobrevivir. Porque han pasado migraciones masivas, mentiras construidas desde fuera, niños alejados de sus padres, robo de cerebros…todo eso con bloqueo, y la mayoría resistió. Ha resistido.

Él sabe que hubo nacionalizaciones, y penalizaciones por parte de dueños extranjeros, a las que se les respondió con otras nacionalizaciones. Y hoy, cuando se habla de indemnizar, mi amigo no piensa en cuánto perdió este país por las exportaciones de azúcar, sino cuánto ganó con nuevos socios comerciales, o con el desarrollo del turismo, esa «industria sin chimenea».

A Lázaro tampoco le gusta que le hablen del período especial. Prefiere evitar los términos «derrumbe», «guerra fría» y «crisis económica». En esa época, él también usó chancletas improvisadas con suizas y cámaras de tractor, pintó los zapatos escolares de su hijo con el tizne de la «chismosa» y su mujer lavó las ropas con maguey. Todo en medio del bloqueo. Pero no lo lamenta, por eso de que «lo que no nos mata, nos fortalece».

Lázaro conoce de las autorizaciones negadas por la trampa del «hasta 20 mil visas anuales», que aprueba 1, 5, 200 permisos de salidas, pero no 20 mil.  Leyó, lee sobre las personas que cruzan el Estrecho de la Florida, asustadas por los últimos cambios, motivadas por un «ajuste» absurdo de «pies secos/pies mojados».

Y se indigna, porque piensa que no basta con desear un mejor futuro; hay que labrarlo por sí mismos, y no hay mejor sitio para hacerlo que la patria. Él sabe que esos que huyeron, aunque se quejen y maldigan, extrañarán mucho esta tierra, con bloqueo y todo.

Y se reanima, porque de los suyos hay muchos más en otros países de otros continentes, no porque huyeron, sino porque andan curando gente, con una cura que trae —también— alivio para el alma; o enseñando las cuentas básicas, o impartiendo seminarios, o propagando arte. Ellos, solidarios y bullangueros como solo los cubanos saben serlo.

Lo que mi amigo no resiste, lo que lo pone rojo de rabia, es que unos pocos utilicen el bloqueo como fachada. No consiente que, después de las enrevesadas maniobras bancarias de Cuba para adquirir alimentos, equipos médicos o tecnologías agrícolas, algunos se atrevan a desviar recursos, desperdiciar el tiempo laborable o lucrar con el trabajo ajeno.

Tampoco admite errores como el nacionalmente famoso de comprar una máquina limpiadora de nieve para un clima tan cálido como el nuestro, y una actividad tan ajena como la porcicultura. Ni le gusta que le hablen de la invasión de marabú en los campos, cuando hay tantas manos ociosas por ahí; o de cómo la sequía afecta la producción lechera, mientras continúa la venta de helados, yogures, quesos, con la leche que entra/sale de las industrias/fincas.

Lázaro, mi amigo, ha sabido labrar su propio camino en esta isla bloqueada. Entiende que, de no existir ese bloqueo, otro gallo cantaría. Pero prefiere quedarse con las hazañas, la suerte o la astucia de los cubanos, esas que nos han hecho sobrevivir a «políticas genocidas», «extraterritoriales» y «restrictivas», por más de medio siglo.

No. Lázaro no quiere hablar del bloqueo. A él le complace más hablar de las cosas que nos han hecho crecer como pueblo, como seres humanos.

Tomado de Vanguardia.cu

 

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